Hefestos de Villa Santa Rita
Cada tanto me acuerdo de Rodolfo,
el herrero de la esquina de la casa de mi vieja, allá en Villa Santa Rita, en
Capital. Yo daba vueltas con mi bici con rueditas mientras el pegaba mazazos
sobre un reja en su yunque, y después ahogaba sin piedad un cacho de fierro al
rojo vivo en una fragua que chillaba por todo el barrio a las cinco de la
tarde. Como Hefestos de Santa Rita, con la panza peluda al aire, con las manos
rojas, apretadas, los cachetes colorados y la mirada de un ser mitológico, en
pleno proceso de creación.
De grande cuando visitaba a mi
vieja, pasaba a saludar a Rodolfo. Ya viejo, vencido, cansado, con pelos en las
orejas, la nariz, los nudillos, como una maceta quebradiza a la que se le
piantan los yuyos. No sé cuántos bypass a cuestas, diabetes, artritis,
infartos, y seguía vivo. Pero cuando le preguntaba como estaba, me decía que
esperando morirse. Ya no quedaba nadie conocido en el barrio. Ya no podía
trabajar, ya no podía encender la fragua donde forjaba rayos para Zeus de Villa
Santa Rita. Ya no tenía propósito, no tenía amigos vivos, conocidos, los hijos
ya estaban grandes y venían a visitarlo muy de vez en cuando. Solo esperaba
morirse.
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